Javier Marías: Nombrar o negar.

http://elpais.com/diario/2005/07/17/eps/1121581618_850215.html
A raíz de mi artículo de hace unas semanas “El objeto no permitido”, en el que conté mis dificultades para hacerle llegar un libro a un preso, han sido varios los funcionarios de prisiones que, más o menos amablemente, me han escrito para darme explicaciones, la mayoría poco o nada convincentes. Pero además han aprovechado para afearme mi vocabulario. No es que soltara yo tacos en dicha pieza –quién sabe si les habrían molestado menos–, sino que recurrí a antiguas y verdaderas palabras castellanas, hoy sin embargo mal vistas por ellos y casi proscritas de los medios de comunicación, a lo que parece. Así, me han reprochado que hablara de “presos” o “presidiarios” y no de “internos”; de “carceleros” o “guardianes” y no de “funcionarios de prisiones”; del “alcaide” y no del “director” de una prisión; de “cárceles” y no de “establecimientos penitenciarios”. Opinaban que la palabra “carcelero” la usaba yo despectivamente, y que lo de “alcaide” debía dejarlo para las películas. Es curiosa la inversión que hacían: si a éstos se los llama así en el cine es porque ese vocablo de origen árabe (al-qä’id, el general, o el que conduce las tropas; se asemeja mucho a Al Qaeda) existe en español desde hace siglos y es el específico para denominar al que “en las cárceles tenía a su cargo la custodia de los presos”, según el DRAE. En cuanto a “carcelero”, dice el mismo diccionario, tan sólo significa “persona que tiene cuidado de la cárcel”. No hay, por tanto, nada represivo, ni peyorativo, ni despectivo, ni despreciativo, en esos términos: son los que desde hace mucho han definido una realidad con precisión y sonoridad, con autenticidad y sin eufemismos. También sin remilgos ni cursilería.Supongo que cada profesión, como cada raza, puede decidir llamarse a sí misma como le plazca. Pero no tiene derecho a imponer a los demás la denominación de su antojo, y menos aún a los escritores, que solemos ser de los pocos –bueno, algunos– que intentamos mantener viva la lengua, sin teñirla de homogeneidad y asepsia ni consentirnos tics burocráticos. Si ya en tiempo de Franco los porteros de las casas decidieron ser oficialmente “empleados de fincas urbanas”, allá ellos en sus membretes y asociaciones, pero no podían pretender que el conjunto de la población se refiriera a ellos de esa manera antieconómica, pomposa e impropia. Si los profesores quisieron llamar a la pizarra “soporte vertical instructivo” o algo así de necio, y al recreo “segmento lúdico” o sandez parecida (comprenderán que no haya retenido las expresiones exactas), allá ellos en sus comunicados internos, pero habían de aceptar que nadie fuera a secundarlos en esas bobadas. Por desgracia sí han sido secundadas, en la prensa (con este periódico, ay, a la cabeza de toda filfa “correcta”), palabras larguísimas y absurdas como “subsaharianos” para referirse a los negros, o “magrebíes” a los moros. En este último término tampoco hay nada negativo, e indica más o menos lo mismo que la privilegiada “magrebíes”, a saber: individuos procedentes de Mauritania. También está hoy prohibido hablar de “mongólicos”, en favor de la interminable acuñación “afectados por el síndrome de Down”, cuando aquel vocablo antiguo se limitaba a describir cierta semejanza de rasgos con los de los oriundos de Mongolia, contra los cuales, que yo sepa, nadie tiene nada, o si acaso pasmo ante el más famoso de ellos, Gengis Khan el conquistador.Desde mi punto de vista, quienes en verdad ejercen discriminación hacia las profesiones, las razas o las personas son precisamente quienes se avergüenzan de sus inocuos nombres tradicionales y ven en ellos algo malo. Porque lo cierto es que en casi ninguno lo hay, si se acude al diccionario o se va a la etimología, y quienes los condenan, repudian y cambian, lo que suelen ver negativo es la cosa misma (al carcelero, al preso, al negro, al moro, al mongólico), y tratan de disimularla con la alteración y el eufemismo supuesto. Las lenguas han servido siempre para nombrar la realidad, no para negarla. Y sin embargo es esto último lo que los diferentes poderes llevan intentando hacer decenios, arrastrando consigo a muchos ingenuos. A los negros de los Estados Unidos no les gustó que se los llamara “Negroes” –una palabra extranjera, española, luego per se ya un eufemismo– y se cambiaron a “coloured-people” (“gente de color”) durante unos años, hasta que eso les pareció también mal y escogieron “blacks” (lo mismo que “Negroes”, sólo que ahora en inglés), hasta que al cabo de un rato eso les desagradó y pasaron a las siete sílabas de “African-Americans”, que ya veremos cuánto más duran sin ser estigmatizadas. Si uno ve negatividad en inocentes palabras que nada tienen de negativo en sí mismas, lo que en verdad está proyectando es su negatividad hacia lo denominado, y no hacia la denominación propiamente.Por eso, en lo que a mí respecta, y entre otros motivos, al hablar y escribir –aunque sea en prensa–, seguiré valiéndome de la lengua para nombrar la realidad, me guste o no, y jamás para ocultarla, enmascararla o negarla.Javier Marías

El País Semanal.

 

Comentario formal:

  • Organización de ideas:

1ª Parte: Desde la línea uno hasta la diecinueve. Utiliza un pretexto para hablar de los eufemismos. A partir de un artículo ya escrito se enumeran los eufemismos citados en él, denunciándose que no son términos peyorativos.

2ª Parte: Desde la vigésima línea hasta la treintaiseisava. En el segundo párrafo extiende la descripción y el autor hace una crítica de los eufemismos a otros dos ámbitos.

3ª Parte: Desde la línea treintaisiete hasta el final del artículo. Finalmente, el autor expresa su opinión a través de nuevos ejemplos.

  • Tema:

Descripción y denuncia del significado del lenguaje políticamente correcto y de los eufemismos.

  • Resumen:

A partir de un artículo escrito anteriormente por el autor, este enumera y denuncia los eufemismos citados en él.                                                                                                             Más tarde extiende la descripción y la crítica de los eufemismos a otros temas y, finalmente expresa su opinión y el propósito de seguir usando la lengua para llamar a las cosas por si nombre y nunca ocultar algo.

 

Comentario crítico:

Estamos ante un texto periodístico, en concreto un artículo de opinión escrito por Javier Marías, escritor y periodista de fama nacional e internacional. Aparece en El País, periódico más importante de la nación, de tirada diaria y amplia difusión, periódico de centro-izquierda y crítico con la derecha.

En este artículo de opinión, a través de numerosos y documentados ejemplos, el autor critica y denuncia el lenguaje políticamente correcto.

Javier Marías nos cuenta que a través de un artículo que escribió recibió muchas críticas, por ello habla del lenguaje políticamente correcto, un fenómeno que nació en EE.UU para sustituir algunos términos por otros más correctos. Hace un recorrido por los diferentes ámbitos de los eufemismos, palabra o expresión suave con la que se sustituye a otra palabra que se considera violenta, grosera o malsonante.

Es curioso como los eufemismos nos afectan a todos, es más, en nuestro ámbito académico podemos encontrar algunos como progresa adecuadamente, que es sustituido por aprobar o no supera la materia por suspender. Además, en nuestro ámbito cotidiano también lo utilizamos mucho, sustituimos palabras como “mear’’ por “hacer una micción’’. También es cierto que dependiendo del registro en el que nos encontremos utilizaremos una palabra u otra.

Particularmente, detrás de algunos eufemismos se esconde la ideología de cada persona. Por ejemplo, las palabras con la que la gente se ha referido a los negros de EE.UU, quienes estuvieron muy discriminados en este país, son un buen ejemplo para ilustrar de la mejor manera la tesis del autor, ya que lo que molestaba era el hecho de que hubieran negros en EE.UU y no la propia palabra en sí. Como este ejemplo tenemos muchos más, como las palabras que se utilizan para referirse a las personas discapacitadas.

En conclusión, es un artículo de opinión bien argumentado que transmite las ideas del autor y las deja claras, ya que utiliza un lenguaje sencillo. Por eso diremos que estamos de acuerdo con la opinión del autor.

Maripaz Villalobos López. Grupo 4

 

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Un comentario en “Javier Marías: Nombrar o negar.

  1. Hola Maripaz.
    Finalmente, renuncio a obligarte a que comentes un artículo actual. Solo pretendía libraros de la tentación de copiar, que no sirve al aprendizaje. Supongo, pues, que no has copiado.
    Al describir la organización de las ideas, no basta con enumerar las partes del texto, sino que es necesario especificar la relación que hay entre ellas, en razón del género y del tipo que prevalece: la argumentación.
    La parte sustancial del comentario crítico consiste en que demuestres tu capacidad para argumentar de forma razonada y estructurada. No basta con concluir diciendo que estás de acuerdo con el autor.
    En general, el comentario está bien redactado. Pero conviene revisarlo para corregir los errores de ortografía: cómo (adverbio interrogativo), uso de los puntos para separar oraciones.
    Saludos cordiales.

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