Adolescente fui en días idénticos a nubes – Luis Cernuda.


Adolescente fui en días idénticos a nubes,
cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
Y extraño es, si ese recuerdo busco,
Que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

Perder placer es triste
Como la dulce lámpara sobre el lento nocturno;
Aquel fui, aquel fui, aquel he sido…
Era la ignorancia mi sombra.

Ni gozo ni pena; fui niño
Prisionero entre muros cambiantes;
Historias como cuerpos, cristales como cielos,
Sueño luego, un sueño más alto que la vida.

Cuando la muerte quiera
Una verdad quitar de entre mis manos,
Las hallará vacías, como en la adolescencia,
Ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.

 

Luis Cernuda, Donde habite el olvido

Poemas del exilio


Después de haber seleccionado un poema de exiliados, sobre el exilio o sobre el afuera en que estamos, grabamos su recitación. He aquí el resultado.

http://www.ivoox.com/poesia-del-exilio_md_2973677_1.mp3″ Ir a descargar

Max Aub, Diario de Djelfa (1942)
“Cancionerillo africano”, 3

Cada año muere la tierra,
cincuenta son la medida
más corriente de los hombres
tres meses la de la espiga,
una mañana las flores,
horas las moscas del día,
montan siglos las ballenas,
y tanta muerte es la vida,
igual que estas alambradas
plantan la libertad viva.

 

Foto del Campo de concentración de Djelfa (Argelia, 1942)

El destierro


“Vuelven de nuevo a mí, con tanta intensidad como en los claros momentos de Marinero en tierra, las canciones de corte musical, de repetidos estribillos, pero de contenido diferente. Como por transparencia, entrelazados al río y raro paisaje que las provocan, se ven latir en ellas todos los años de dolor y nostalgia que andan dentro de mí, al mismo ritmo de la sangre; porque yo no podré cantar ya nunca dividiendo en dos partes el correr de mi vida; aquí, de este lado, lo sereno, luminoso, optimista, y de este otro, lo dramático, oscuro, triste, todo lo señalado por los signos crueles de mi tiempo. Por esta causa son así, no de otro modo.”

‘Memoria del olvido’, Emilio Prados


Yo me he perdido porque siento

que ya no estoy sino cuando me olvido;

Emilio Prados

cuando mi cuerpo vuela y ondula

como un estanque entre mis brazos.

 

Yo se que mi piel no es un río

y que mi sangre rueda serena;

pero hay un niño que cuelga de mis ojos

nivelando mi sueño como el mundo.

 

Cuando mi rostro suspira bajo la noche;

cuando las ramas se adormecen como banderas,

si cayera una piedra sobre mis ojos

yo subiría del agua sin palomas.

 

Yo subiría del fondo de mi frente

hasta habitar mi cuerpo como un ídolo;

hasta brotar en medio de mi carne

otra vez sobre el mundo sin cigüeña.

 

Pero el Japón no tiene más que un niño

y mis ojos aún suenan bajo la luna.

cuando se seque el viento entre las flores,

así terminaré mi olvido.

 

Emilio Prados. Memoria del olvido, 1940.

Mireia Jiménez Gallegos.

 

El Bosque y el mar


Estos rumores…

Estos rumores, estos
leves susurros conocidos
de cielos, hojas, vientos y oleajes
son mis aires mejores, ya felices
o confesadamente melancólicos.
Vuelvo a encontrarlos, vuelvo
a sentirlos tan míos
después de tan alegres y cansados
recorridos por tierras veneradas
que eran mi vida antigua,
la clara vida cuando mis cabellos
al sol volaban libres, sin temores.

Aquí están prolongados
en lamentos que fueron mi lenguaje,
en onduladas sílabas o en largas
conversaciones o en subido llanto.

Nada como sentirse comprendido,
enlazado, mezclado, arrebatado
por este misterioso idioma de los bosques,
de la mar, de los vientos y las nubes.
Ya es una sola voz, una garganta
sola la que susurra,
la que viene y se va rumoreando.
Uno el sonido del total concierto.

Vuelve el poeta al aire de sus aires.

(Poemas de Punta del Este)

 

ANTONIO BERNAL RODRIGUEZ

Rafael Alberti: Lo que dejé por ti.


Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.

Roma, peligro para caminantes (1968)

Lucía Cordero Sánchez.         2 Bachillerato C.

Qué ruido tan triste


Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.

Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.

Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.

                                                                           Iván López Sánchez