SALINAS, PEDRO. “Cuando yo alcé los ojos a mirarte…”

“Cuando yo alcé los ojos a mirarte…” 

Cuando yo alcé los ojos a mirarte 
          (por tu bien o tu mal) 

para mirarme alzabas tú los ojos 
           (por mi bien o mi mal).

Esa palabra que iba yo a decir 
           (¿de bendición o maldición sería?) 

se te asomó a los labios, sin decirla. 
           (De bendición o maldición sería.)

Nunca fuiste primera ni yo último. 
           (¿En qué final o para qué comienzo?) 

Nunca el primero yo ni tú la última. 
           (¿En qué final o para qué comienzo?) 
Los dos exactamente a un tiempo mismo.

Y así todos los actos se abolieron 
           (ir yo hacia ti, venir tú a mí) 

en la inutilidad de todo acto 
           (ir yo hacia ti, venir tú a mí) 
previsto ya al nacer por otro idéntico.

Y así la identidad que nos unía 
           (tú y yo perdidos o tú y yo salvados) 

separó nuestras vidas para siempre. 
           (Tú y yo salvados o tú y yo perdidos.)

(Presagios, página 39. Cuéntese también como incluida la de Manuela Plá.)

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